FacebookTwitterGoogleYoutube

La influencia de los alimentos en la temperatura del organismo

Los alimentos para estos tipos de casos se dividen en dos grupos: alimentos que refrescan y alimentos que afiebran el aparato digestivo.

Alimentos que refrescan son los que se comen crudos en su estado natural, como frutas, semillas de árboles, tallos, hojas verdes y algunas raíces.

Todo alimento cocido, exigiendo prolongado esfuerzo digestivo, congestiona las mucosas del estómago, elevando así su temperatura. Esta fiebre interna se agrava con alimentación cadavérica, de fábrica, bebidas alcohólicas y aliños.

El pulso, contralor de la calentura o fiebre interna, lo demuestra: si comemos fruta cruda no tiene variación. En cambio, alimentos cocinados, conservados y condimentados, exigiendo laboriosa digestión, elevan la temperatura interna, como lo comprueba el alza de las pulsaciones.

La natural inclinación de los niños a las frutas y semillas y también los medios de que la Naturaleza ha dotado al hombre para buscar, coger, masticar y digerir sus alimentos, demuestran que los vegetales son el verdadero alimento natural del hombre.

Alimento natural es el que puede comerse tal como lo ofrece la Naturaleza, sin preparación previa, como frutas, semillas de árboles, vegetales de hojas, tallos y raíces.

Así como en el reino animal es el hombre la criatura más perfecta, en el reino vegetal son las frutas y semillas los productos más nobles y perfectos. Se comprende entonces que bien se merecen y complementan uno y otro.

En las frutas y semillas se concentran todos los dones y energías de la Naturaleza. Desde que se abre la flor del árbol, los azahares, nos atraen y embelesan con su incomparable perfume. Con la flor, delicada, alegre y risueña, empieza el árbol, que para misión tan noble como alimentar al rey de la creación se ha preparado durante años en lento desarrollo, a elaborar las substancias privilegiadas que en sus entrañas guarda la madre tierra. Junto con caer los primeros pétalos de la flor empieza a desarrollarse el fruto, en un proceso tan prolijo y lento, que sólo puede compararse a la gestación del hombre en el vientre materno: nueve meses han demorado las naranjas para gestarse y ofrecerse al hombre como alimento digno de su linaje en la creación.

Durante largos meses la fruta recibe y acumula la savia del árbol extraída de los materiales más escogidos de la tierra. También, durante la mayor parte del año la fruta acumula todas las energías de la atmósfera y especialmente fuerzas eléctricas y magnéticas. El sol, fuente de vida universal, durante largo tiempo cada día acaricia este don del Creador, acumulando en las frutas sus energías que son vida y, como cocinero incomparable, en ella prepara el perfume apetitoso, el delicioso manjar contenido en su pulpa y los azúcares fortificantes del músculo y nervios del hombre.

¿ Qué puede necesitar el organismo humano que no contengan las frutas y las semillas, productos en que la Naturaleza ha puesto todas sus galas y concentrado toda su savia y acumulado todas sus energías?

Ceguera incomprensible es, pues, la del hombre que desdeña los tesoros que, con generosidad y sencillez, le ofrece la Naturaleza, para buscar en lo artificial, complicado y mortífero, lo que atrae lamentablemente su vanidad.

Basta lo expuesto para comprender que el laboratorio del organismo animal tiene misterios impenetrables que sólo pueden descifrarse observando a la Naturaleza que poseemos y nos rodea.

La alimentación natural de frutas y semillas de árboles es la que más conviene al hombre desde que deja el pecho materno hasta su muerte.

Muchos tal vez encontrarán insuficiente alimento el de la fruta, pues han podido comprobar que al poco rato de comida ésta, se siente nueva necesidad de alimentos. En cambio, un plato de carne o de frijoles deja "satisfecha" a una persona gran parte del día; de aquí el vulgo deduce que es mejor alimento el plato de frijoles que el racimo de uvas o la naranja y que para alimentarse bien es necesario sentirse repleto y no tener nuevamente hambre hasta pasadas largas horas.

Esto se explica porque frutas y semillas, como uvas, manzanas, naranjas o nueces, son digeridas y asimiladas sin esfuerzo, sin dejar residuos malsanos. En cambio, un trozo de carne o un plato de frijoles, obligan a un trabajo prolongado que hace que el individuo se sienta repleto durante cuatro o más horas. Naturalmente, no es posible con nuevos alimentos interrumpir esta "digestión" que, en realidad, es una "indigestión", y, después de una comida de esta clase, es preciso aguardar largas horas para ingerir otro alimento.

Este proceso de "indigestión" es, pues, lo que lastimosamente se confunde con una alimentación "suficiente". Sin embargo, con esta economía, hay doble desgaste de fuerzas: energías consumidas en una laboriosa tarea digestiva y energías gastadas en expulsar los residuos malsanos de esta nutrición inadecuada.

Las frutas, ensaladas y semillas de árboles, que no imponen esfuerzo a los órganos digestivos, permiten comer a cada rato este alimento natural sin peligro de indigestión. Es lo que vemos en los animales: ellos comen su pasto o su fruta todo el día y a cada momento, sin esperar hora determinada.

Pasando a otro aspecto del tema que nos ocupa, hemos dicho que, así como el tubo digestivo empieza en la boca, la digestión comienza también en la boca. Efectivamente, en este órgano se efectúa la primera parte de la digestión, que sigue en el estómago y termina en los intestinos delgado y grueso.

La conveniente masticación de los alimentos y su mezcla con la saliva, insalivación, es base de una buena digestión, pues al estómago no podemos exigirle una labor que naturalmente debe hacerse en la boca.

La masticación apresurada o incompleta y la insuficiente insalivación son causa de trastornos en el estómago, pues éste no tiene dientes ni secreta saliva, imponiéndole penoso trabajo la elaboración de alimentos mal preparados. Con razón, pues, se ha dicho que la mitad de la digestión se hace en la boca.

Con lo expuesto se comprende la importancia de tener dentadura sana, la que se destruye por desarreglos digestivos. Los dientes o muelas cariados hay que empastarlos y, si esto ya no es posible, deben extraerse.

Aun cuando la intervención del dentista no es natural ni necesaria, viviendo fiel a las leyes naturales, se hace imprescindible su labor para evitar la total destrucción de la dentadura enferma y para extraer muelas o dientes inservibles, focos de putrefacciones que envenenan la sangre.

Por lo que se refiere a la calmada deglución, diremos que, consistiendo ésta en el acto de tragar los bocados, la rapidez en hacerlo, fatiga el estómago, que se ve obligado a atacar de una vez y no parcialmente el contenido alimenticio que lo repleta. Este esfuerzo también es causa de congestión estomacal que favorece putrefacciones intestinales y desequilibra las temperaturas del cuerpo.

Así como es preciso asegurar en su comienzo el éxito del proceso digestivo, es menester también cuidar de que su última fase, la expulsión de los residuos, se haga en forma conveniente y oportuna.

El cuerpo de todos los animales, varias veces cada día, descarga los residuos de la digestión. Desgraciadamente, sobre todo en las ciudades, son innumerables las personas que retienen en su cuerpo inmundicias provenientes de una alimentación cadavérica y artificial.

De tal manera nuestro organismo depende de la nutrición en general y de la digestión, en particular, que aun la forma de nuestro cuerpo será normal o anormal según sea la calidad de nuestros alimentos.

Los alimentos apropiados al hombre, como una manzana, se desdoblan en dos clases de productos: unos asimilables, que el organismo aprovecha y otros de desecho, que son expulsados sin dejar impurezas en la sangre o sucede lo mismo con alimentos impropios para la nutrición del ser humano, como la carne, que absorbida en su mayor parte, se aprovecha incompletamente, quedando materias extrañas, substancias muertas, en nuestro cuerpo. En su esfuerzo defensivo, el organismo poco a poco va acumulando estas materias extrañas que cambian la forma del cuerpo, lo que ha servido a Kuhne para crear el diagnóstico por la expresión del rostro.

Hemos visto antes que la persona sana no es gorda ni flaca, no presenta anomalías ni en la forma de su cuerpo ni en las líneas de su rostro, pues salud y belleza son normalidad.
Cuando un enfermo practica este régimen de salud, empieza por perder peso y volumen, porque el organismo expulsa materias extrañas acumuladas por mala nutrición y deficientes eliminaciones. A medida que se restablece la normalidad, el enfermo va recuperando su peso y sus formas, pero ya con materiales sanos, provenientes de nutrición normal. Se pierde "peso muerto" y se recupera "peso vivo" y así se restablece la salud por renovación orgánica.

Frutas y verduras debemos ingerirlas crudas, pues sólo así podemos aprovechar sus elementos vivos y energéticos. Toda cocción mata la vida orgánica y degeneran las substancias alimenticias, favoreciendo fermentaciones pútridas que impurifican la sangre. Frutas, semillas de árboles y ensaladas de hojas, tallos y raíces en estado crudo, mantendrán la salud del cuerpo o permitirán recuperarla si se ha perdido. Estos alimentos contienen todos los materiales que necesita nuestro organismo y deben constituir la dieta de todo enfermo.

Se comprende así que la alimentación corriente y ordinaria del hombre civilizado, a "sangre y fuego" elaborada en la cocina, "laboratorio de la muerte" (sin ofender), mantenga a la humanidad sumida en enfermedad crónica, reduciendo por esta causa la vida del hombre a la que quita parte de su duración normal.

Aprovechemos los alimentos tal como han sido "cocinados" por la Naturaleza, vitalizados y cargados de energía por la acción del sol, cocinero incomparable que comunica vida a cuanto se pone bajo su acción. La cocina del hombre mata, desintegra y degeneran los alimentos; la "cocina" de la Naturaleza vitaliza, acumula energías y sazona los frutos que ofrece al hombre.
Hay estómagos tan degenerados que no soportan alimentación cruda, como le sucede al alcohólico, que no tolera el agua fresca y cristalina de la fuente. En estos casos, para realizar la reforma alimenticia, debe procederse con prudencia, empezando por cambiar el desayuno, luego la cena y finalmente la comida; antes de un mes se habrá logrado aceptar el cambio de régimen.
Las frutas frescas o secas, como higos, pasas, ciruelas, etc., o las semillas de árboles, como nueces, almendras, avellanas, etc, y las ensaladas de lechuga, col o repollo crudo, apio u otra análoga, deben constituir nuestro único desayuno en toda época, cuidando no mezclar ensalada con fruta, ni nueces o almendras con frutas dulces. Los niños deben preferir las semillas de árboles y la miel de abejas en invierno.

A continuación damos una lista de las propiedades de algunos frutos:

  • Las fresas, además de su aroma y gusto exquisito, tienen propiedades antigotosas y vermífugas. Las especies silvestres disuelven las concreciones articulares del ácido úrico.
  • Las cerezas fortalecen la sangre, dan buen color y favorecen la función renal.
  • Los albaricoques o chabacanos convienen a las personas que necesitan un tratamiento al mismo tiempo tónico y depurativo.
  • Las ciruelas tienen virtudes laxante y purificadora.
  • Las nueces poseen la propiedad de eliminar de nuestro cuerpo todas las toxinas y también de hacerlo refractario a la perniciosa acción de muchos venenos.
  • El melón se utiliza en casos especiales como emoliente, laxante y diurético. Esta última propiedad es característica de la sandía.
  • La pera es muy digestiva.
  • La manzana se recomienda en afecciones del estómago, vejiga y riñones.
  • El níspero es laxante y también antidiarreico.
  • La naranja es tónica, sedativa y purificadora.
  • El limón es desintoxicante, astringente y desinflamante.
  • La palta o aguacate es nutritiva, antiácida y laxante.
  • El dátil; como el higo, es nutritivo en alto grado.

En resumen, la fruta consumida en cantidad y juiciosamente escogida, es a un mismo tiempo alimento y también medicina insustituible.

Tomates y aceitunas entran en la categoría de las frutas; le siguen zapallos, calabazas, pepinos, berenjenas, etc.

En el orden de los alimentos adecuados al hombre, vienen después las hojas verdes, como coles, tallos y pencas de cardo, repollos, alcachofas, coliflor, acelgas, espinacas, apio, etc. Raíces, como nabos, rábanos, salsifíes, zanahorias, betabel, papas, camotes, etc. Bulbos, como cebollas, porrones, ajos, apio de papa, chalotas, hinojos, espárragos etc. La mayoría de estos productos pueden comerse crudos, los otros pueden cocerse al vapor, sin perder el agua del cocimiento, en la que se pueden preparar sopas de pan tostado, avena, etc.

Hay otros alimentos provenientes del reino vegetal que, sin presentar los graves inconvenientes de las carnes, su uso debe, sin embargo, reducirse en nuestra alimentación por ser de difícil digestión. Estos alimentos son los granos en general y especialmente los farináceos secos, como frijoles, lentejas, garbanzos, chícharos, habas, etc.

En su estado fresco o verde estos productos son siempre recomendables, pero una vez secos son indigestos y favorecen fermentaciones malsanas. Estos inconvenientes no se presentan en las personas que hacen vida activa al aire libre, como el labrador del campo, cuyo estómago los digiere bien. Para los enfermos, especialmente si guardan cama, son nocivos los farináceos secos nombrados.

El trigo, maíz, arroz, avena, centeno, etc., son más digestibles, pero su uso debe ser moderado y prepararse mezclados con verduras. En su estado verde son sanos y adecuados a toda persona. El trigo germinado es alimento muy recomendable mezclado a ensaladas de hojas verdes por ejemplo, su preparación es la explicada anteriormente, en estas condiciones se agrega a las ensaladas en proporción de una o dos cucharadas soperas, con esta preparación tenemos las mejores vitaminas que no pueden preparar los laboratorios de los científicos.

Las harinas finas y las masas o pastas como tallarines son más o menos indigestas; para evitar este inconveniente deben mezclarse con hojas verdes y hortalizas en general. El pan blanco es alimento nocivo como base de nuestras comidas y debe usarse con moderación y mejor tostado. El pan de trigo integral es recomendable siendo bien cocido o tostado también.

Azúcar de fábrica y dulces con ella preparados deben rechazarse como uno de los productos más perjudiciales a la salud, pues favorecen fermentaciones ácidas del aparato digestivo y producen acidosis de la sangre.

La miel de abejas no tiene el inconveniente del azúcar de fábrica porque es rápidamente incorporada a la economía de nuestro cuerpo, donde es fuente de calor y energía muscular. Tan preciosas propiedades tónicas y fortificantes reúne la miel de abejas, que ella constituía el alimento favorito de atletas y gladiadores romanos. En invierno la miel de abejas debe ser plato favorito de los niños, especialmente mezclada a las patatas, calabazas o camotes asados.

El huevo, siempre que sea bien duro y picadito, en combinación con ensaladas o acompañando un plato de hojas verdes cocidas al vapor, es buen alimento y de fácil digestión; en esta forma lo recomendamos especialmente a los niños.

Chocolate, cacao, té, café y mate son productos que estimulan y excitan sin nutrir y deben rechazarse de nuestra alimentación.

Todos los aliños, como la sal, mostaza, pimienta, etc., son siempre perjudiciales a la salud, pues su efecto en las mucosas del tubo digestivo es análogo al latigazo que inflama la piel.

El abuso del pulque, del vino o de la tequila produce irritación en las paredes del estómago e intestinos que conduce a la degeneración de estos órganos.

Queso viejo es indigesto y favorece el artritismo, produciendo ácido úrico y acidosis de la sangre. El queso fresco o panela no tiene los mismos inconvenientes, pero deben comerlo con moderación los sanos y nunca los enfermos, menos aún los estreñidos.

El pescado es de fácil putrefacción; en estado fresco es preferible a la carne negra.

La carne de pluma, de aves en general, es también menos perjudicial que la de buey, vaca o cordero, pero siempre nociva a personas enfermas.

Aprovechamos la ocasión para hacer notar lo inconveniente y perjudicial de la costumbre ya consagrada, de aguardar el alumbramiento de las madres con alguna docena de gallinas destinadas a preparar caldos de substancia para alimentar a la parturienta en los primeros días de su crisis, estos caldos no tienen las propiedades alimenticias que el público les atribuye, pues las carnes no disuelven en el agua la albúmina que contienen, sino los humores y productos del desgaste orgánico del animal y sus materias extrañas al cuerpo vivo, acumuladas por alimentación antinatural.

Con la alimentación tóxica en base de caldo de gallina, la madre elabora una leche impura que empieza a someter el estómago e intestinos de su hijo a un trabajo anormal y laborioso, que prepara las primeras crisis de la infancia y genera el estado de irritación e inflamación crónica del tubo digestivo, causa común de toda dolencia.

La dieta de las madres recién alumbradas debe ser únicamente fruta cruda de la estación o, a lo menos, ensaladas con nueces o huevo duro picadito. Con este alimento, vivo y puro se formará leche sana, nutritiva y purificadora que permitirá a la madre desempeñar con éxito su misión.

Las grasas animales deben desterrarse de nuestra alimentación, pues no necesitamos extraer grasas de los cadáveres, ya que las nueces y aceitunas nos ofrecen este elemento puro y vivo.

El aceite de oliva debe comerse crudo, aliñando con él las ensaladas o los vegetales cocidos al vapor, pues tanto la grasa como los aceites cocidos, y peor si son quemados, se descomponen, produciendo el venenoso ácido butírico. De aquí que las frituras sean siempre indigestas.

Los ácidos como el vinagre y productos escabechados, son perjudiciales, pues acidifican la sangre que debe ser alcalina, favoreciendo la acidosis y agruras. En su lugar es preferible el jugo de limón, pero éste se opone con las féculas del pan y el almidón de las papas, razón que debe llevarnos a ser parcos en su uso en la comida diaria.

El jugo de limón posee, además de sus vitaminas, la propiedad de purificar el intestino, siendo muy provechoso tomarlo en ayunas, especialmente cuando se sufre de artritismo.

Como se ha dicho, la sangre debe ser alcalina y esta composición la favorecen las frutas crudas, ya sean dulces o ácidas, las semillas de árboles y las ensaladas. En cambio, la sangre ácida, característica del estado de acidosis común a todo enfermo, es producida por alimentación a base de carne y su caldo, pues los despojos cadavéricos poseen venenos ácidos como la creatina, cadaverina y creatinina que se incorporan a la sangre, dándole a ésta reacción ácida, causa de irritaciones, inflamaciones y congestiones, características de todo proceso morboso localizado.

La sal es irritante y el cuerpo debe expulsarla para verse libre de su perjudicial presencia. De aquí que la orina, el sudor, las lágrimas y todas nuestras secreciones sean saladas.

Los alimentos debemos comerlos a la temperatura normal de nuestro cuerpo. Tanto lo frío como lo caliente produce congestión de la mucosa estomacal, que reacciona con las temperaturas anormales. Helados y comidas calientes predisponen a úlceras del estómago.

Los helados y nieves son altamente nocivos porque afiebran el aparato digestivo debido a la reacción de calor que despiertan en la mucosa.

Las energías acumuladas en los alimentos crudos se absorben principalmente en la boca. Féculas y almidones deben transformarse en glucosa mediante la insalivación calmada, pues de otro modo se producen fermentaciones ácidas en el estómago. De aquí la necesidad de masticar con calma y cuidadosamente, sin llegar los alimentos al estómago con demasiada frecuencia. Aun el agua y los líquidos deben beberse a pequeños sorbos.