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Los alimentos y el Cáncer

El valor nutritivo de un alimento no está en su composición química, sino en su grado de digestibilidad. El alimento indigesto, en lugar de nutrir, intoxica.

Hoy día está de moda la "sobrealimentación" como tratamiento "fortificante". Pues bien, éste es un error más de la medicina medicamentosa, porque el organismo sólo aprovecha lo que digiere y no lo que come.

Está demostrado que el único régimen fortificante es el que asegura una buena digestión.

Hemos visto ya que una buena digestión depende, en primer término, de temperatura normal en el tubo digestivo. Ahora vamos a tratar de las otras condiciones indispensables a una buena nutrición intestinal, y son: comer alimentos adecuados en calidad y cantidad y también en combinación conveniente.

Alimento adecuado es aquel que conviene a nuestra estructura orgánica y a nuestras necesidades fisiológicas.

La sabia Naturaleza ha dotado a todos los seres de los medios necesarios para subvenir a sus necesidades, sin recurrir a artificios y así nutrirse adecuadamente. Vemos que el animal carnívoro tiene el instinto sanguinario y traicionero del cazador que acecha a su presa en la oscuridad, para, de un zarpazo, caer sobre la confiada y desprevenida víctima, que luego devora gozando con su agonía.

Las jirafas, cuyo alimento lo constituyen las hojas de los árboles, poseen un cuello extremadamente largo para coger su sustento siempre en altura.

Las morsas y focas marinas están armadas de colmillos en forma de fuertes ganchos, para con ellos arrancar de las rocas los moluscos que son su alimento adecuado.

El hombre, como los monos, está dotado de manos con dedos largos y uñas planas, que le permiten coger la fruta de los árboles para llevarla a su boca, porque, digámoslo de una vez, el hombre, como el mono, por los órganos que posee para coger, masticar y digerir sus alimentos, es frugívoro, o sea, está destinado por la Naturaleza a alimentarse sólo de frutas y semillas de árboles en su estado natural.

El hombre carece de las garras del animal carnívoro, y tampoco tiene el instinto sanguinario y traicionero del gato. A la inversa de los animales de presa, que gozan a la vista de la sangre y de los despojos palpitantes de un cadáver, el hombre siente horror al contemplar las entrañas del vientre abierto de un animal y pena ante la muerte. En cambio, las frutas nos atraen y despiertan el apetito con su aroma y dorados matices.

Los animales carnívoros poseen hocico con boca rasgada que les permite introducirlo en los músculos y vísceras de sus víctimas; el hombre carece de estas condiciones y su boca, más pequeña y más entrante que la nariz, no le permite llevar al estómago otros alimentos que los que puede coger con sus manos, como las frutas y las semillas.

La dentadura del hombre carece de los colmillos afilados y muelas cortantes del animal carnívoro y posee muelas planas y triturante como las del mono.

Si la carne fuese un alimento natural y adecuado para el hombre, éste la comería tal como la ofrece el cadáver, sin necesidad de transformarla en la cocina, que engañando nuestros sentidos y traicionando nuestras necesidades, se convierte en laboratorio de dolencias.

Los niños que no han pervertido su natural instinto, nos resuelven definitivamente las dudas que a los adultos les sugiere una mentalidad desarrollada sin base en las leyes naturales y formada en la imitación de errores colectivos. Llevar por ejemplo a un pequeño a la puerta de una carnicería y pues este enérgicamente retrocederá angustiado y horrorizado ante el olor y la vista de los despojos sangrientos de cadáveres allí expuestos. Este mismo niño alegre y risueño entrará a la frutería, atraído por la vista y el perfume de las frutas destinadas por la Naturaleza como alimento adecuado a sus necesidades fisiológicas.

El estómago del hombre carece de los ácidos adecuados que posee el animal carnívoro para digerir las carnes; pero, por degeneración, llega a producir también exceso de ácidos, cuando a este órgano se le habitúa a digerir carnes. Esta producción anormal de ácidos ataca las mucosas estomacales destinadas por la Naturaleza a soportar las reacciones alcalinas que produce la digestión de las frutas, originando úlceras y degeneración de tejidos.

Siendo las carnes materias de fácil descomposición con el calor, los animales carnívoros están dotados de un intestino más corto que el de los que se alimentan de hierbas y frutas, a fin de evitar que los residuos tóxicos de la carne permanezcan en el vientre y envenenen así el organismo (es por esto que mas arriba les aconseje que no deben comer carnes cuando entran en este tratamiento contra el cáncer).

El intestino del hombre, destinado por la Naturaleza a contener productos vegetales y, especialmente, frutas y semillas, es extremadamente largo comparado con el de los animales carnívoros, de manera que los residuos de las carnes permanecen en el cuerpo mayor tiempo que el que se necesita para evitar la reabsorción de las toxinas propias de la alimentación cadavérica.
Mientras los animales que viven libres, guiados por su instinto, se alimentan adecuadamente y así viven sanos, el hombre, degenerando su instinto, no sabe escoger los alimentos adecuados a sus necesidades, ni buscar su mejor calidad, ni tampoco calcular su cantidad. Como hemos dicho antes, ésta es la causa principal de sus dolencias.

Tengamos siempre presente que el alimento más nutritivo es el que se digiere mas fácilmente y éste es la fruta, semillas de árboles y ensaladas de hojas, tallos y raíces para el hombre.